HAY QUE REVENTAR LA FRONTERA


Sucedió un día, cuando todos estaban cansados. La reunión de aquella noche en el campamento de Dorkún, cerca de la frontera, se parecía demasiado a las trescientas sesenta y cinco reuniones previas de los días precedentes, y a las anteriores también. Una por día, una cada noche. Pero siempre las mismas conclusiones, aunque con alguna variación estratégica. Que si la comisión de reparto de agua y comida hoy excluiría la distribución del pan (porque todavía no había llegado); que si la comisión de salud y prevención, tenía que actuar de urgencia en el sector siete (se había disparado el contagio de difteria); que si la comisión de vigilancia y control necesitaba ser más persuasiva en ciertos sectores donde la justicia comenzaba a estar en manos de grupos organizados de jóvenes demasiados desocupados. Y luego estaba la comisión de relaciones externas que cada día necesitaba más personal para poder tramitar con más agilidad las ayudas, a la vez, que seguir ejerciendo una presión contundente para que el Estado siguiera comprometiéndose. No era fácil vivir en un campo de refugiados. No era fácil ser de los buenos. De los que habían elegido viajar allá donde se requería la presencia de personas, que como ella, demandaban justicia ante la emergencia humanitaria que en esos años, ya años, se vivía en el continente.

Habían hecho un fuego de reunión: no había peligro. En medio del desierto hay concesiones. Y esa era una de ellas, la de poder estar en silencio alrededor de una hoguera al finalizar el día, un silencio relativo y siempre tenso. En alerta frente a una lumbre que permitía mirarse para dentro a la vez que ver las caras de las compañeras y los compañeros, deformes al reflejo de las llamas. ¿Serían reales? ¿Y todo este campamento, lo sería? La realidad. La frontera quedaba aproximadamente a unos 800 metros. Al amanecer, la línea del horizonte asemejaría ser un híbrido entre serpiente y puerco espín que se desplazara por las dunas allá donde miraras. Los pinchos, las espirales. Y luego los hitos oscuros que renacían cada día, que no eran hitos, sino soldados que cada madrugada, para cambiar de turno, arribaban a la zona para apostarse en sus garitas negras portátiles cada 250 metros. Nadie podía acercarse, ni de un lado, ni de otro. A veces llegaba algún silbido, seguido del consabido aviso a la central, y la comisión de urgencia, integrada exclusivamente por personal de Cruz Roja, acudía al lugar. En conciencia sabían que para la gente del campamento acercarse a la valla, un eufemismo, la valla, era una manera de aceptar el suicidio como posibilidad vital cotidiana. Así que ya nada extrañaba, que una, o dos, o tres veces al día, hubiera que poner en marcha el Jeep ambulancia y recorrer el trazado abierto y dirigido para tal fin.

“¿Pero y si reventamos la frontera?” La pregunta sonó como si una esquirla de la madera echada al fuego hubiera saltado de pronto por encima de las demás. Las noches eran frías, así que la voz salida del rostro de Ana, debajo del gorro de colores, importado en alguno de sus viajes por el Sur, irrumpió al principio lejana, como si hubiera sido el fuego el que hubiera hablado. El eco resonó, más que en los oídos, en el hueco reflexivo que aquel momento de silencio había creado. Reventar la frontera. Si no lo hacen los Estados, si los que mandan no abren la frontera, por qué intervenir nosotros, los que vivimos cuidados y protegidos dentro de la frontera. Detrás de la frontera está el miedo, y la imprevisión. No hay futuro, eso que se llama futuro y abre las posibilidades de libertad y civilización. Detrás de las fronteras. Hay un solo porvenir detrás de las fronteras, y se llama guerra, asesinatos, masacre. Pero nada más. Toda la vida queda aquí dentro. Los argumentos. Pero el campamento, otra vez la cuestión haciendo mella esta noche en la conciencia de Ana, ¿es real? ¿Se puede llamar vida a esto? Era como si de repente se hubiera dado cuenta de que trabajara para ser parte de una pesadilla. De alguna manera es funcionaria de la pesadilla, pero a la vez está del otro lado de la ventana de atención, padeciendo y viviendo también la pesadilla. Esa doble condición, la contradicción encarnada en su cuerpo agotado, quizá sea la que le ha permitido que esta noche la pregunta le explote en su cerebro como una bomba silenciosa y lenta que va minando su pensamiento. Está enceguecida por la cuestión, sus ojos están rojos y tiene un nudo en la garganta. Los demás están paralizados, todavía sueñan. Toda pregunta tiene su tiempo. Y aún no han reaccionado.

Ana se levanta despacio. Ha sacudido sus botas, ha desentumecido sus músculos. A esas horas cuando va a dormir el cansancio es tal que a veces quisiera quedarse allí, dormida en la arena, y no llegar ni a la tienda. Sin embargo se ha levantado de su asiento en la duna con una inusitada ligereza. Como si lo que hubiera que hacer fuera suficiente para dotarla de energía y ánimo. ¿Y qué hace? Se aleja del fuego con paso firme y se dirige a la frontera. Solo escuchamos el jadeo rápido de su aliento. El silencio se ha detenido y alrededor de la hoguera todos pueden escuchar esa respiración intensa y descubrir que ha sido Ana la que ha roto el devenir de la noche. La pregunta no era un ensueño. La ven irse. Todos son Ana. De hecho, la siguen. Unos minutos más tarde suenan varios silbidos, y el aviso de rigor en la tienda de emergencias se activa. Esa noche no hay nadie en esa tienda. El resto, los acampados, las acampadas, no han escuchado nada, no les corresponde. El sueño continúa hasta el amanecer.

Al despertar, algunas personas están en las puertas de las tiendas. Hablan entre ellas, esperan las sirenas de las llamadas a la rutina: el desayuno, las revisiones, la escuela, las medicinas... ¿Dónde están las comisiones? ¿Dónde los voluntarios, las voluntarias? ¿Dónde el equipo de trabajo? Osama, un niño de 6 años pregunta a su madre por Ana, siempre viene a saludarle. La madre mira hacia el horizonte, la serpiente-puerco espín brilla y hiere. El silencio es la única respuesta. El sol está despuntando. Más tarde una especie de rumor de hormiguero se hace dueño del campamento. Al poco tiempo, se inicia la caravana. Arrastran sus bultos. Llevan a sus hijos e hijas. Hay que moverse. Hay que ir hacia la frontera. Por algún lado hay que cruzarla. Quizá algún día reviente. 

 




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