SOBRE LA CRUELDAD


 “Debe haber otra forma de vivir”
  Joan Dausà

Decía la maestra Zambrano en su obra “El hombre y lo divino” que cada época tiene su mal sagrado. Un mal difícil de captar porque viene de las entrañas, pero que toma forma en materias diversas, y muta, inaprensible, marcando a su vez a quien lo lleva encima. Aludía la maestra en su momento a “la envidia” como el mal sagrado más radical, en referencia contrapuesta al amor, como posibilidad de vida humana. Un mal que nos despierta, pero que nos exige una razón para intervenir. Ambivalencia la de esta envidia. Porque la envidia hace de la otra persona un objeto para sí misma que anhela, y el amor desea a la otra persona en lo que de imposible de acotar tiene. Eso que no es, pero que permite una promesa ("si nos diéramos cuenta de que el presente es el pasado del futuro, ¿cómo viviríamos?", dice K. Akbar). Amar es abrir un porvenir, cuando lo que de suyo se da es la envidia. Escribir sobre ello, pensar, que es pulsar sintiendo, redime lo dado. Acaba con ese uno mismo, que como decía el compasivo y anciano Platón en el libro VIII de las Leyes, es el origen de todos los males: nadie es malo porque quiere, sino porque no lo sabe.

Hoy, releyendo a María Zambrano, asombra preguntar si hay un mal sagrado. Quizá porque como dice otra grande de nuestro tiempo, Hanna Arendt, es palabra de consumo diario, el mal; y la otra, lo sagrado, es casi alusión a un dogma cerrado y preso en las religiones, sin posibilidades de lectura más allá de lo que expresa. Pero eso lo hace quizá más cuestionable. Ahora, cuando se habla de algún mal se alude a la necesidad de “condenar”. Para saber de qué parte estás. Para saber quién eres, para identificarte. Definir y definirse equivale a condenar, a sacar fuera de sí la responsabilidad y cambiarla por la culpa, la culpa de otro, de otra. “Condene usted…”, cuántas veces lo escuchamos. La culpa alude al maldecido, el maldito o la maldita, que aquí el género importa. Lo expulsa, y nos convierte en depositarios del poder, moral pero también metódico. Casi dioses. Casi chivos expiatorios.

Y quizá todo esto venga al caso, porque cuando uno piensa, hay palabras, que se vuelven insistentes, como si no supiéramos lo que significan. Atemoriza saber que lo que creíamos inmutable se hace sospecha por cuenta propia, sin que nosotros seamos partícipes. El pensar a veces es como una pesadilla, nos hace sentir inseguros. Y tormentosa es la palabra que me persigue: “crueldad”. 

La DRAE, la define bajo dos acepciones: 
1. f. Inhumanidad, fiereza de ánimo, impiedad.
2. f. Acción cruel e inhumana.

Valdría la pena detenerse en sus matices, pero interesa su etimología latina crudelitas,-atis; que sin extenderse, viene a ser el hecho de recrearse en lo que está crudo, regocijarse en lo que todavía sangra. Algo más directo: la crueldad es disfrutar en la destrucción de lo que aún vive. Una cosa es saber un significado, y otra vivirlo. Padecerlo. No en el sentido de ejercer esa crueldad o ser la víctima, donde el mal se resuelve fácilmente buscando culpables y agraviados. Sino de repente saber que estás en ella, que vives en ella, que por ella nos hacemos. Eso es lo que estos últimos meses percute constante en mi cabeza. Cada hecho, cada visión, cada suceso me llevan a ello. Ya digo, un incesante latido mental que me llega a la garganta, y ahora a las manos. Siendo la crueldad atroz, más atroz es saber que vivimos de su condición. 

El problema, y el aliento para no pensar quizá, de los diccionarios, y ahora de las IA, es que sacan las palabras de nuestras vidas. Las dejan fuera como si ya no nos pertenecieran, y así dar con un término es tropezar con una elección. Una anécdota. Algo que puede pasar, o algo desechable. Eso es lo que ocurre con la crueldad. Asistimos a ella, sin pensar que estamos dentro. Y eso es lo que siento de manera innombrable. Horrorizado. Mi memoria sabe de la niñez nada inocente: quitando antenas a las hormigas, arrancando ojos o miembros a muñecos, maltratando animales o asustando a quien podías, riendo de un daño, una caída, y más. Hay una historia de la vida en la crueldad. Luego, la moral nos convence de que vivimos correctamente. Mas es esa misma corrección la que encubre la crueldad. Leyes, creencias y costumbres que continúan esa lógica sonora de la infancia terrible aunque ahora con una capa honorable llamada cultura. No lo vemos porque hemos aprendido a no verlo, y también a ocultarlo. Nuestra educación está destinada a poder participar inocuamente de esa fiesta de la sangre. De ese placer de dañar y ser dañado. Uno te hace un dios, otro un sacrificio. Nada tiene sentido, pero alimenta el poder y el victimismo, esas dos pasiones del alma ausente.

Persiste una burocracia de la crueldad. Ciegamente nos sometemos al juego de dañarnos justificando. Sobre el papel es tinta aséptica: “La ley es la ley”, dicta la crueldad y repiten como loros algunos legos, esa es siempre su última palabra. Por eso no nos sorprende que cuando alguien desobedece a la apelación de cumplir con los derechos humanos, éste nos responda con la fuerza de lo correcto: “tengo derecho a defenderme”, eso que dicen siempre los genocidas. No hace falta irse a palabras mayores; cualquier gesto, cualquier proceso, desde la economía a la educación, han tomado la forma metódica de una crueldad hecha materia: la burocracia la encubre, o mejor dicho, la crueldad es burocrática. Un gólem reglado. Y aparentemente normal. 

Chantal Maillard, otra pensadora radical (¿hay otra manera de pensar de verdad que no sea hasta la raíz?), en uno de sus libros nos lo dice claro. Vemos las noticias de la sangre obscena de las guerras con la palabra “qué barbaridad” en la boca, además del ágape entre los dientes, pero lo que hay y no admitimos es el guiño inconsciente del verdugo que nos transmite cuánto poder reside en el placer de ver a alguien en el suelo esperando que agonice. Como el luchador que después de noquear al contrario sigue golpeándole caído en la lona, y al terminar dice que lo correcto era “terminar el trabajo”. Lo mejor para el que asiste a la lucha, al boxeo, o la tauromaquia a la postre (somos españoles), o cualquier genocidio encubierto en la legitimidad de una “guerra”, no es tanto el juego de reglas por cumplir, sino el momento en que ese juego se quiebra y salta la sangre. Las leyes son el soporte para que la crueldad siga siendo real. Quizá solo la ficción nos permita la reflexión. Nos dé tiempo, por un momento, a saber de la terrible complicidad. Pero la ficción frecuentemente pierde su papel de arte, y corrobora representativamente lo inevitable. No hay salida, parece.

¿O sí? Quedarnos en el horror de pensar, por un momento, sentir el vértigo de la crueldad en nuestras vidas, de lo que hacemos y nos hacen, de lo que se hace. Porque la crueldad se delata en el exceso, por eso se cuida de ocultarse, pero no siempre puede. Ahí, rebasados por ella, en algún instante de repente, nos vemos y la vemos. Percibimos qué ha hecho con la vida, con la nuestra y la de todo. Sentimos el daño, y nuestra crueldad... Y entonces podemos, sí, revertirla, llevarla a su punto difícil y paradójico. Porque la crueldad es pasión, y toda pasión en el fondo nos reclama una con-pasión, algo que todavía no está en un diccionario. “La compasión difícil” acuña Maillard, eso que Zambrano diría del amor, “el amor que no halla su lugar”. Quizá porque no hay ningún espacio hecho para lo que recreamos, y porque frente a la crueldad solo cabe gritar fuerte el daño, sin pedir venganza. Para romper el espacio que precisa.  

Lo que más duele a la crueldad es la cercanía. La crueldad necesita la distancia para el disfrute. Sin esa frontera no hay disfrute (la estética nos recuerda que ese metro y medio frente al cuadro es lo que nos permite gozar, al igual que la crueldad), por eso la benevolencia consiste en anular las distancias y transgredir las fronteras. Acercarse tanto, que ya no pueda haber posibilidad de un placer inmune, sino de una extrañeza concomitante y contaminante (gracias, Pedro) que nos devuelva otra palabra que nos robó el diccionario: humanidad. 

La humanidad es rara. Huele a tierra mojada y estiércol, pero nos hace sentir que por un momento, más allá del placer o del dolor que conlleva, la vida es un abrazo sudoroso e inédito, que nos otorga reír y llorar sin saber bien si soy yo u otra identidad a quien corresponde ese alma emergiendo. Solo aquel recuerdo carente de referencias nos alertará de una crueldad que nos asola y nos destruye a cada momento. Quién sabe, puede ser que en ese caso vivir todavía tenga sentido. 

José Jara

Murcia, 6 de Julio de 2025
  








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