PARIS-DAKAR Y EL DERECHO DE PERNADA
De vez en cuando Europa necesita reafirmarse. Como lo que ha
sido, como lo que es, como lo que será. Un poder dominador y sin barreras. Un
imperio. A los europeos eso nos llena de orgullo, nos refuerza, nos permite
vernos mejores de lo que somos y capaces de cualquier cosa. Nos da prestigio,
riqueza, potencia. Nos hace grandes. El Rally Paris-Dakar es una de esas cosas.
Pone en funcionamiento una vieja tradición que sigue vigente, trasmutada en
nuestros días en otras formas, pero que contiene la misma estructura del hecho
antiguo, y que ingenuamente muchos creen superado o abolido. Esa tradición del
poder es lo que llamamos el Derecho de Pernada. Supongo que no hace falta
recordar que consistía básicamente en que el Noble o Hacendado o Señor de unas
tierras a las que subyugaba bajo la violencia, tomaba o hacía suya a la fuerza
a la hija de sus siervos la noche antes de su boda. En algunos casos eso era
acompañado de las “prudentes” palabras de algún padre, alguna madre, algún
anciano o sacerdote de la comunidad que justificaba el gesto del señor en pos
de un futuro favorable para la comunidad, y que así tenía que ser. La desobediencia,
o la resistencia, de la mujer podría suponer la culpa de todos los males de la
comunidad. Así, la desfloración era un terreno reservado al Señor. Aunque más
que eso, lo que contaba era la violación como gesto de mostración de la fuerza
y la amenaza. Se imponía, para el poderoso, dejar la huella del maltrato, en lo
que aún no la había, fuera o no fuera virgen. Y aunque eso se interpretara como
un pago, un símbolo o incluso un rito religioso, era el sello necesario para
probar, marcar y explotar el cuerpo de l@s dominad@s, cuya expresión estaba en
la hija mancillada, en esa mujer ultrajada, violada y estigmatizada.
Se hace difícil aceptar que en nuestro imaginario de
europe@s precisamos gestos así periódicamente para reafirmarnos como sujeto de
poder, y además, lo que es más ininteligible, que no podamos darnos cuenta de
que es así, de que es un derecho de pernada. Incluso que veamos el acto de esa
violencia como algo positivo y beneficioso, no sólo para nosotros, sino también
para la parte ultrajada. Pero sigue sucediendo. El Paris-Dakar es uno de esos
ejemplos: tiene todas las connotaciones de la Pernada. Su éxito proviene de
incursar en aquellos territorios salvajes,
no civilizados, vírgenes a un tipo de desarrollo; lo cual es una presunción
de que ahí no hay poblaciones o comunidades, de que no hay personas con saberes
o soberanías territoriales, con las que contar en un diálogo simétrico. El
Rally impone de partida una visión asimétrica del desarrollo. Y desde ahí surge
esa necesidad inconsciente en el colectivo europeo de probar el poder con
alguna violencia. En este caso se trata de la violencia al cuerpo externo del
otro o la otra, del oprimido, y en la proyección europea los otros y las otras
son los países colonizados: África, América, Asia. En el imaginario está todavía
el salvajismo, el exotismo, la aventura como imagen de las colonias. Dominar,
eso es la manera de demostrar quiénes somos. Evidentemente, no razonamos así.
El Paris-Dakar, es un deporte, es una competición, es un motor turístico para
esos países, es una dinamización de empresas y corporaciones, da trabajo,
genera desarrollo, sirve para probar y mejorar la maquinaria de nuestros
camiones, autos, motos; pone a prueba nuestra formación de deportistas de
élite, crea nuevas referencias e ídolos, distrae de los problemas políticos,
conforma un espectáculo visual extraordinario, etc. Hay un Ohhh deslumbrante en el Dakar, que impide descubrir la trama de
poder que oculta. En el Derecho de Pernada ocurría otro tanto: había incluso un
discurso catalizador que se encargaba de ungir como bendecida a la joven
elegida, y que justificaba y elogiaba al Señor por sus capacidades y poderes. Hoy,
como vemos, tampoco nos faltan los discursos catalizadores de la violencia, es
decir aquellas palabras que impiden ver como violencia lo que es violencia. El
discurso cultural que se da en lo deportivo, el discurso económico que se da en
las alegaciones turísticas de beneficio para los afectados, y el discurso tecnológico
que justifica el Dakar como un banco de pruebas para desarrollar tecnologías en
terrenos adversos. Así pues, cuando vemos el París Dakar en nuestras pantallas,
el espectáculo hipnótico está ya preparado: en nuestra mente la racionalidad
deportiva, turística y tecnológica es un axioma. Como si el mundo hubiera sido
así desde siempre.
Lo que no vemos es el ultraje que supone. No vemos la
territorialidad violada, ni la comunidad ignorada, ni las economías ecológicas destruidas. Eso queda silenciado por los colores llamativos de las
marcas y los eslóganes, por las apariciones en público de los políticos en
connivencia, dándose la mano y alabando su suerte porque el Paris-Dakar les haya
elegido. Porque también ha de darse que en los países y las regiones donde
tenga lugar el Dakar se presente alguien que modere y convenza, que genere una
visión benéfica del asunto. Algún jefe, padre espiritual o líder político que diga
que eso es una manera de no perder el lugar de competencia en el poder, de
estar en ese mapa del mundo diseñado por unos pocos, para que la riqueza también les alcance. No es de extrañar, la
cultura preparatoria de aceptación a esa violencia, de ese poder entronizado, de ese sueño de riqueza,
ha sido también un trabajo colonial de siglos. Y posiblemente en las ilusiones de
esos gobernantes también exista la posibilidad de algún día ser, ellos mismos, los
poseedores del derecho de pernada.
Uno espera que podamos darnos cuenta de lo vergonzoso que es
el París-Dakar, que no nos representa, pero sospecho que no intuimos esos conceptos
que nos harían cambiar de opinión: no sabemos ni de lejos qué es lo
comunitario, la territorialidad y la ecología como economía. Lo desconocemos. No sabemos lo que
es la vida. Somos unos ignorantes peligrosos. Sólo desde ahí, desde ese atisbo
de integridad podríamos sentir la vergüenza del París-Dakar. Como también me avergüenza,
y en mí no es ajena porque he vivido en el otro lado, que haya quien piense que
para ellos el París-Dakar también es necesario, beneficioso, estratégico o
urgente. Y es en estos momentos de vergüenza y asco identitario en los que
quisiera vivir en una tierra de nadie, o buscar quizá esas tierras de nadie
para avisarles que algún día llegará alguien con un cheque llamado París-Dakar
a cambio de ofrecer su dignidad y su cuerpo. Como en el Derecho de Pernada.

Excelente análisis. Lo comparto plenamente
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