SOBRE RELOJES INVERTIDOS
En estos días, ha saltado a la palestra
informativa una noticia sobre Bolivia que en algunos medios ha sido recogida en
su sección de Internacional, en otros en su sección de Curiosidades, y en otros
seguramente estarán pensando en incluirla en su suplemento sobre Turismo con
interés antropológico añadido. La cuestión es que en la cosmopolita y céntrica
Plaza Murillo de La Paz, sede de gobierno del Estado Plurinacional de Bolivia,
en el Reloj del Frontis Principal del Edificio del Congreso, el reloj gira
ahora en sentido inverso al convencional, y evidentemente los números también
están dispuestos regresivamente. La noticia ha causado revuelo, estupor, y
también para algunos orgullo y deleite por esos gestos tan llamativos del gobierno de Evo.
Es cierto que en América Latina ha habido un giro hacia la
izquierda en muchos gobiernos, pero no se tenía constancia de que el tiempo y
los relojes pudieran ser susceptibles a estos cambios de lateralidad. La
respuesta que el canciller Choquehuanca ha aducido, por lo que he podido leer
en algunos medios de Bolivia e internacionales, se sustenta en argumentos
antropológicos que tienen que ver con la necesidad de recuperar las lógicas
temporales de las etnias autóctonas y proseguir con el llamado proceso de
descolonización que había encubierto las maneras de percibir la temporalidad de
pueblos como el andino, el quechua o el guaraní entre otros. En lo que al
tiempo se refiere, el Canciller explica que en los pueblos indígenas las
lógicas del tiempo eran de orden regresivo, de búsqueda del origen, más que de
un avance de progreso, lineal y continuo, sin consideración al pasado. Se trata
además de la reconsideración protagónica del Sur frente al ciego
seguimiento de las lógicas occidentales.
Tal vez haya mucho que discutir porque en sus
opiniones ha mezclado consideraciones geopolíticas, importantes, con principios
antropológicos; y sobre todo porque la complejidad de un orden antropológico
diferente se ha resumido en un reloj que gira a la inversa, hecho, que, así sin
avisar, causa sobre todo confusión y perplejidad.
Sin embargo, creo que como gesto simbólico
que quiere confrontar la lógica de los intereses externos y del mundo
occidental tiene cierto efecto. ¿Por qué no? Expresa la posibilidad de que en
este mundo no hay nada dicho, ni tan siquiera el orden del tiempo y que somos
nosotros, los pueblos diversos, los que decidimos por qué criterio queremos
regirnos. En este sentido creo interesante la provocación mediática del
gobierno boliviano como símbolo de esa capacidad de decidir de cada
colectividad, de saber qué quiere y cómo hacerlo sin sacralizar convenciones
externas. Y recordando, de paso, que muchos hábitos convencionales en América
del Sur han venido impuestos históricamente bajo la opresión. En lo que no
estoy de acuerdo es en el contenido y en la manera de gestionar políticamente
el gesto.
Lo primero, ¿la expresión de ese deseo antropológico
de cambio y descolonización en la forma de un reloj que gira inversamente no es
acaso demasiado contradictoria?, ¿acaso cambia el engranaje de la máquina
haciendo que vaya a la inversa?, ¿y si el reloj tiene tecnología suiza? (¿cuánto
estaño y cuánto cacao ha dado cuerda a los carísimos relojes de Suiza?) Es como
si modificando la cubierta cambiáramos el sistema o la estructura. No parece
tener mucho sustento. Incluso, desde un punto de vista intercultural, releyendo
a Javier Medina, Josef Estermann o Raúl Prada creo entender que el tiempo
andino es más bien retroprogresivo, las dos dimensiones incluidas, que meramente
regresivo y lineal, y sobre todo mucho más difícil de representar que con un
reloj amañado.
La otra impostura, más general, es decidir
unilateralmente, sin contar con las múltiples realidades de las personas que
habitan Bolivia, ofrecer una imagen del país desde la etnicidad maquillada en
controversia cultural con Occidente, y hacer que la cultura de un pueblo pase
por la escenificación mediática de sus mandatarios en gestos llamativos, por ejemplo, de
ponchos y ofrendas, como si eso ya supusiera un ejercicio de descolonización
práctica: léase, toma de mando presidencial, boda del vice y otros sucesos
conocidos.
Ahora bien, escribo esto desde España. Je. Seguro que algunos columnistas estarán comentando jocosamente la noticia, con alegría o
con sentido, éste sí, despectivo y folclorista. Pero lo que olvidan es que
nuestros relojes, los relojes de aquí, son mucho más controvertidos que ese gran reloj de la
Plaza Murillo. Porque en España, donde las manecillas del reloj van hacia
adelante, con supuesta normalidad, la ocultación de su verdadero sentido es más
escandalosa. Aquí cada minuto en que la manecilla o los dígitos se desplazan
hacia adelante, la mecánica interna de la realidad retrocede no
proporcionalmente, sino incluso de manera exponencial hacia un pasado oscuro y
deprimente, como en los sucesos que han venido dándose estos últimos días en torno
a la forma de gobierno, o en las decisiones sobre la legislación acerca de la
dignidad que afecta a las mujeres, y eso sin tener en cuenta las medidas
económicas y las contenciones soberanistas. Y ante eso, lo siento Evo, lo
siento Bolivia, vuestro Reloj Inverso, se queda en una provocativa, aunque interesante, noticia.

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