LA PERIODISTA COLONIAL
Una de las
características de la relación de poder es que cuando la parte oprimida se
emancipa, la parte opresora vive esa situación como un ataque personal e
invierte los términos que simbolizan la dominación para seguir ejerciendo el
poder: “Ahora yo soy la víctima”, dictamina.
Incapaz de
reconocer y aceptar el lugar desde el cual se ejerce la dominación y la
posesión de privilegios, y ahora que la parte oprimida se defendió para lograr
su emancipación, dispone de nuevos argumentos para seguir ejerciendo la
dominación.
El paso
siguiente es atacar, sencillamente porque, según el opresor, el oprimido se lo
merece. Tiene la culpa, tanto de su condición de opresión como del castigo por
su irreverencia.
Lo dicho
viene al caso de una situación que ha destacado estos días en los medios de
comunicación en Bolivia, y que a este vagabundo, le atañe especialmente, por
cuanto una de las partes involucradas en el caso es una periodista española,
como yo, y la otra boliviana, país donde viví. El caso es que la periodista
española radicada en Bolivia y trabajadora de una Agencia de Noticias del país,
acudió a una no-entrevista (el programa se denomina Barricada, no hace falta
decir más) de una Productora de Radio Feminista conocida ya internacionalmente,
llamada Radio Deseo. La presentación del programa, “esto no es una entrevista,
es una Barricada”, clarifica lo que en ese programa radiofónico se pone en
juego: un ejercicio de dignidad activa, o empoderamiento de lo marginal, frente
a cualquier indicio de poder simbólico o real que se detecte en la realidad
amplia de Bolivia. Los invitados, las invitadas, son a menudo importantes
personalidades del mundo político. Normalmente se realiza una toma de palabra
agresiva por parte de quien dirige el programa, y que no tiene nada que ver con
la llamada violencia verbal[1].
Se trata de intentar poner de relieve, con intensidad, la estructura de
opresión que en Bolivia está cruzada por diferentes coordenadas. Una de ellas
es lo colonial. Lo colonial explicado como ejercicio del poder iniciado en el
periodo disciplinario de la conquista y que ha ido pasando por su fase
normativa y legal en los gobiernos ilustrados de la independencia, muchos de
ellos militares, yendo finalmente más allá de las leyes y las armas, e
instalándose como una dinámica relacional y corporal, que si no se hace
consciente, perpetua la colonización y sus efectos de manera connatural. Ya no
hacen falta las armas y las leyes puesto que la colonización se ha convertido
en un fenómeno de autogestión vivencial cotidiana, algo que ya vive “dentro” de
la persona y que determina sus actos y sus elecciones. Destapar esto cuesta más
porque no hablamos de instituciones, sino de identidades, de atributos
personales, que se encarnan en figuras y modelos. Y en el programa radiofónico en cuestión, entre otras tantas cosas, se desenmascaran estos supuestos.
Bueno, el
asunto es que la periodista boliviana, María Galindo, aludió, antes de empezar
a hablar del trabajo de la periodista española a eso mismo: al lugar
estructural de poder colonial desde el cual se hace ese trabajo. La hipótesis
es que esa relación de dominación se da en Bolivia, porque históricamente así
ha sido, y porque lo colonial más que ser un fenómeno coyuntural se extiende
mutando en el tiempo con características precisas en La Paz y en Bolivia. Así
pues, las alusiones a las condiciones físicas y culturales que se hicieron: “chica
rubia, blanca, delgada, española…” no eran apelaciones personales xenófobas o
antojos envidiosos de la periodista, sino revisiones genéricas de la situación
identitaria y presencial desde la que se trabaja, se tiene un estatus, se mira,
se piensa, se siente y se percibe la realidad. Y nadie se escapa a eso. Nadie.
Hacerlo consciente nos hace más libres y además más respetuosos con la
diversidad y con las personas, más consecuentes con la historia y el presente,
más humildes en nuestro deambular por la vida y los territorios…
La no-entrevistada
no quiso aceptar el supuesto colonial, y evidenció, ante los argumentos expuestos,
una falta de interacción inteligente, que se tradujo en algunos casos en
evasivas silenciosas, enunciaciones desafortunadas del tipo de “el colonialismo
fue cosa de hace 500 años”, y en autoafirmaciones de vanidad académica y
meritocrática que no hacían más que poner de manifiesto lo que la periodista
boliviana le había puesto sobre la cabeza: que ella estaba en el ámbito del
privilegio que otorga la opresión conseguida a través de la anulación, la
segregación y la explotación a lo largo de la historia relacional entre España
y Bolivia. A mí, que pasé tiempo en Bolivia, también se me ocurrieron preguntas
al respecto desde mi condición de español: ¿crees que podrías hacer un
reportaje de las mismas características con tus mismas habilidades
periodísticas (que nadie cuestiona), en Alemania, a fecha de hoy, guardando las
analogías? ¿Crees que ser española en Alemania, por ejemplo, no condiciona?
En fin, la
cuestión previa que arrancaba el programa acerca de cuál era su lugar en una
dinámica de poder colonial, no avanzó. Era importante porque dilucidando esa
estructura se podía empezar a hablar del cómo y el qué del trabajo que la
periodista española tenía intención de difundir en el programa de Radio Deseo.
Aspectos que evitó afrontar. ¿Ingenuamente? Quizá olvidó que no iba a una
entrevista sino a una Barricada donde lo que adquiere relevancia es
primeramente la perversa invisibilidad que el poder exige para imponerse sin
ser cuestionado. María Galindo es, a mi modo de ver, por ello imprescindible,
no solo en Bolivia sino también en España.
El resto, ya
sabemos, lo que ha provocado la resonancia escandalosa (por cierto, ¿es el
escándalo una estrategia?) de esta situación, ha sido la reacción de la
periodista española. Su intención de denunciar frente a una autoridad gubernamental por racismo y
discriminación a la periodista boliviana. Ese ha sido el punto de ruptura que también
me ha empujado a escribir sobre el tema. Sigue avergonzándome la condición de
español en Bolivia que el caso proyecta.
Esa reacción
colérica, fuera ya del programa, sin ninguna recurrencia a la profesionalidad
periodística, lo cual hubiera sido pertinente, sino con el recurso de la
amenaza sancionadora al ejercicio de la libertad de expresión de una periodista
boliviana en su propio país, pone el tema en el ámbito de la discusión sobre
principios relacionales y humanos y aquí sí me siento comprometido. Y esa
actitud, esa denuncia, esa desbordada reacción de la periodista
española, es desde mi punto de vista una actitud colonial y racista.
Colonial,
porque presupone la inferioridad de la otra persona: por eso cuando esta parte
se sitúa, como hace María Galindo, en el “tú a tú”, la parte que representa a la
opresión colonial, que en este caso era la no-entrevistada, lo vive como un
ataque personal que obliga a una reacción desmedida y aplastante que devuelva
al otro o la otra diferente a su situación de inferioridad. No se busca una restitución
de la simetría dialógica (como si eso se hubiera perdido), lo cual podría
haberse logrado demandando un espacio de réplica, por ejemplo; sino que más
bien lo que se impone es la pretensión de afianzar el presupuesto que avala y
protege la identidad privilegiada del opresor: “Yo que vengo de fuera, puedo
más que tú y te lo voy a demostrar”.
Y racista.
También racista. Porque lo que subrepticiamente esta demanda de castigo, apelando
con cinismo a una ley anticolonial boliviana, parece señalar es lo siguiente: “que
tú, mujer boliviana, medio india, lesbiana, de un país en vías de desarrollo,
que no tienes mi título, ni mi máster; no eres igual que yo y tienes que estar
donde te corresponde, que es el lugar que desde una condición coactiva voy a
imponer”.
Ahora hay
mucho ruido, y también, era de esperar, mucha cohorte colonial en torno a la periodista española. Pero ojalá triunfe la razón emancipadora que María Galindo y
Mujeres Creando promueven. Y que lo colonial en todas sus vertientes siga
siempre siendo tema de debate. Lo otro, no quiero ni pensarlo, sería el
precedente atroz de una nueva colonización de la palabra, encarnada esta vez en
la figura de una periodista de cuya nacionalidad no quiero acordarme.
[1]
Contra lo que piensan algunos críticos del estilo de María Galindo, opino lo
siguiente. Que
la diferencia entre violencia y agresividad, es que mientras la primera suprime
y anula el espacio personal de la otra persona mediante la coacción, la amenaza
y el abuso; la segunda, la agresividad, protege y recupera el espacio personal,
sacando e impeliendo de manera urgente a la parte opresora e inconsciente hacia su propio
espacio. Evidentemente, la parte opresora que ha consolidado su identidad
privilegiada en torno a la usurpación del espacio del otro o la otra, no va a
ceder, por lo que el empoderamiento personal o la dignidad reclamada de la
parte que se emancipa va a pasar siempre por un momento de provocación, una apelación,
que genere el desplazamiento para hacer salir del lugar que no le corresponde a
la parte opresora; más bien debería agracederlo, puesto que es una oportunidad para que ésta se haga
también consciente de que construye una identidad alienante desde esa relación explotadora.

Comentarios
Publicar un comentario