COMO UN BARCO EN ALTA MAR
Un barco en alta mar. La tierra queda lejos, apenas un punto
en el horizonte. Y sabes que hay tierra, pero que está debajo de ti, al
fondo, muy al fondo. Y necesitas el sentido. Navegar está bien, pisar tierra
también. El sentido transita entre ambas cosas. Entra la inspiración y la
expiración está el misterio. Así pues, ahora que saltar a tierra no es posible,
ahora que la costa se dibuja con arrecifes y peligro;
ahora, lo que prima es la profundidad. Ahondarse, llegar al fondo, para luego
subir. Aprender de nuevo a bucear, ese arte iniciática aprendida en el líquido amniótico
de la madre, volver a confiar en que es posible nuestra naturaleza anfibia.
Aprender a respirar con más intensidad que nunca, a llenarnos de lo
imprescindible, el aire colmando los pulmones, y así con el aire contenido, corazón
por delante, ir aprendiendo el descenso. Al principio nos ahogará, sentiremos
que necesitamos que nos arrojen salvavidas, y sí, siempre habrá un comandante
mentiroso que nos prometerá un Nuevo Mundo cuando sintamos el miedo, pero no
hay mundos nuevos, solo mundos agotados y lejanos, enfermos, aún por sanar. Y nos pedirán
paciencia, sacrificio. Pero cuando esas prerrogativas comiencen, me habrá
lanzado a bucear; estaré buscando tocar de nuevo el fondo olvidado, sin saber
muy bien qué me deparará la aventura, qué nuevo barco quedará cuando regrese,
qué tripulación me esperará y a cuál me uniré, a qué nueva tierra soñaré llegar
cuando vuelva, y luego, lo más crucial: qué recordaré de la radical oscuridad descubierta,
allí abajo, tan lejos, tan mía, tan adentro, tan real.

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