El final del sentido común(itario)

EL FINAL DEL SENTIDO COMÚN(ITARIO)



“¿De quién es la neverita?, ¿por qué están aquí en un parque a las 12 de la mañana?, ¿acaso son 11 personas?, ¿están abrazándose? ¿Y por qué están alegres? ¿Y por qué tan cerca? ¿Y qué hacen reunidos? Póngase la mascarilla por favor, y ahora identifíquese, que tengo que multarle”
                                                          
           Fragmento de un psicodrama,  para tiempos de                       coronavirus, 17 de mayo, Murcia, 2020


Hoy se cumplen profecías. Funestas, por cierto. Como la de que llegará un día en que por encima del sentido común estará la ley de las armas. Está llegando ese día. Ya ha llegado. La ley de las armas tiene dos caras: una, la de proteger a quienes les pagan, como cuando salen en manada enfundados en banderas y dicen defender la libertad (la libertad de su propiedad, claro); y dos, la de perseguir a quienes pueden poner en peligro la ley de las armas, esos que todavía atienden al sentido común de la vida. Y esto, además, va acompañado de un suceso que es cuando menos curioso; porque los mismos que denuncian desde los balcones y andan raudos a llamar a la policía cuando ven a un grupo “demasiado alegre” para su gusto, son los mismos que apoyan la extorsión desde las calles que hacen los barrioriqueros de las grandes ciudades. Y en las dos posturas tienen la ley de su lado.  Porque esa ley de las armas no está hecha desde los intereses comunes, sino desde la imposición y el pago de los adeudos y daños colaterales que el capital neoliberal ha generado en la sociedad, desde hace ya muchos años. Eso sí, con la connivencia y el engaño de una propaganda hecha a la medida de la servidumbre. Idolatramos el pie que nos asfixia porque nos han enseñado a amarlo.

Porque el COVID19 no es la causa. Esto es un poco como los mitos de la violencia, que todos tienen mil argucias para justificarse. A estas alturas ya deberíamos tener claro que el COVID19 es el desencadenante, no el origen. Solo hay que dejar un momento las pantallas descansar y pensar. El COVID19 ha destapado de una manera imprevisible que el modelo económico se había fundado en la protección de los capitales y las grandes fortunas, y había desmerecido todo lo que tuviera que ver con el bien común, con la comunidad. El virus no ha hecho daño, los virus son parte de la vida, y un paradigma biocéntrico habría atendido a esto con presteza y con provisión de medios. Lo que pasa es que estamos en un modelo crematocéntrico -del griego khremata, riqueza; la riqueza como centro-, y por eso lo que ha resultado realmente dañino ha tenido que ver con un modelo de racionalidad, economía, ecología, psicología, cultura, y sociedad basado en la usura y el usufructo, en el poder poseer más a toda costa, sin importar nada los medios, ni las muertes que eso pudiera suponer.

La virtud del COVID19 sin embargo ha sido la de confirmarse como la brecha que se ha abierto en la inercia de una máquina que se había vuelto ciega, lo cual también de alguna manera forma parte del sistema: el que periódicamente tenga que reajustarse sin importar cómo. De ahí la ambivalencia en la que nos encontramos: el COVID19 o nos mata, o nos despierta. Y cuando quiero decir “nos mata” no me refiero a la muerte física, me refiero a la vuelta de tuerca que le faltaba al modelo para que la rabia y la culpabilidad se conviertan en el tono de relación interpersonal que impere de aquí en adelante. Comienza la sociedad de la “culpa” y el “rencor”, la de la “rabia” entre todos y contra todos, la sociedad que envidiará ver un abrazo en las calles, la que se encolerizará con la risa de dos amigxs; eso sí, todo eso estará permitido (y financiado) en las islas del capital a las que adecuadamente protegerá el estado y a los que no faltará los test ni el 1 ni el 2: me pregunto cuánta policía se subirá este verano a los yates del Olimpo ibicenco. Creo que es en este momento del artículo en el que alguien en su palacio está riendo a carcajadas viendo como las mismas personas, ya marionetas, entre ellas están levantando armas.

Y lo peor serán las mutaciones que propicia este modelo. Las mascarillas pasarán a revelar el espíritu policial en el que estamos deviniendo y se transformarán, no en los pasamontañas zapatistas, que se usan para ser vistos y reconocidos frente a la anomia que les impone el Estado policial, sino en los pasamontañas cobardes de quiénes tiene miedo a ser ellxs mismxs. Nunca sabremos si quien lleva una mascarilla lo hace para protegerse de un virus o para defenderse de los demás, o quizá para atacar en un momento dado, cuando nadie lo espere; es inquietante. Entramos en una época en la que mostrar el rostro se ha vuelto un ejercicio de riesgo en los espacios en los que mirarse y decirse cosas a la cara era corriente y humano. Ni “El cuento de las criadas” lo había imaginado tan espeluznante. Al fin y al cabo en “El cuento de las criadas” el argumento era explícitamente totalitario. Aquí, lo más execrable, es que la usurpación de la persona y la comunidad se hacen en nombre de una sacrosanta salud democrática. Y no hacen falta las armas, solo “los ojos” de los demás se necesitan para que el panóptico funcione.

Y pensando en los ojos. ¿Aprenderemos a discernir entre ojos cómplices de ojos acusadores, entre ojos compasivos de ojos despectivos? ¿Nos enseñarán en las escuelas el lenguaje oculto de las pupilas que hablan antes de que nuestra boca se mueva? Me preocupa todo y no me gusta esta preocupación.

Y no es que esté en contra de la protección y del remedio asumido frente a la enfermedad y el desborde de los hospitales; sino en contra de la conversión de todo el aparato de control que entraña la urgencia sanitaria, de la que no somos responsables, en un mecanismo de control social que está favoreciendo la imposición de nuevas reglas a través del miedo y la coacción. Porque eso es lo que están demostrando las aplicaciones de las medidas restrictivas. Y las leyes no pueden servir ni para el privilegio de algunos, ni para la persecución de otros. No pueden proteger manifestaciones y caceroladas animadas por la defensa de intereses barrioriqueros, ni arremeter contra encuentros fortuitos y amistosos en las calles hechos desde el sentido común, porque eso pone en evidencia, no tanto el retroceso frente a la enfermedad sino la necesidad a futuro de fiscalizar las relaciones. Pero no en las calles de los barrios residenciales, evidente, sino en aquellas por donde transitan lxs comunes mortales, lxs que ya pagaron con su riesgo el beneplácito de unos pocos. Y eso es lo que estamos viendo estos días: multas como palizas, impagables y a personas que no han sido ni serán un peligro para nadie, y mientras acompañamientos protectores a desfiles chillones, voceando no sé qué supuestos derechos, con las cámaras del circo mediático atendiendo la caravana. En fin, y tanta gente mirando...

Un anciano ya Platón, en el inicio de las Leyes, y con los ojos cansados para ver, y vigilar, demasiado de cerca (quizá ya no le importaban mucho las cosas), decía que no podía haber ley sin preludio. Y lo hemos olvidado. El sentido de la ley no está en la ley, sino en la comunidad de personas que precisa regularse para poder desregularse, que precisa del orden para canalizar su desorden (ojo, no anularlo), que requiere el mandato para saber desobedecer. Por eso, las grandes madejas del pensamiento han llevado siempre a la consideración final de la ley como idea regulativa para favorecer la autarquía de las gentes, y nunca como fin en sí misma. Cuando la ley deja de ser una referencia para orientarse al sentido común, cuando la ley deja de apuntar al preludio de la vida comunitaria para constituirse en autorreferencia, ya podemos empezar a pensar que estamos ante algo mucho peor que una ley. Un arma al servicio de unos pocos.

Así que a partir de ahora, paradójicamente, lxs que seguimos creyendo en las leyes tendremos que comenzar a desobedecer, a crear cajas de resistencia, a configurar redes clandestinas de encuentros, a volver al ejercicio de la piratería contrasistémica que recupere lo que las nuevas armas económicas, informativas y educativas nos están robando. Este tiempo ya había dado indicios, y afortunadamente había personas a las que veíamos como parias del sistema -anarquistas, libertarias, feministas y okupas- que ya hacían frente a ello, con una valentía feroz (que no violenta). A ellxs habrá que preguntarles, con ellxs habrá que estar, de ellxs habrá que aprender. Claro, antes podías permanecer tibio. Habían ciertos márgenes para permanecer anestesiado, idiotizado. Ahora no. La diferencia es ésa, que ya no valdrán los términos medios: o desobedecer para recuperar el sentido de las leyes, u obedecer para convertirnos nosotrxs en los ojos coactivos del sistema. Y ya sabemos por qué. Si desaparece el sentido común al que deberían apuntar las leyes, éste vendrá sustituido por un sentido ya no común, sino reflejo de la demencia de unos pocos que perdieron la humanidad, y que viven instalados en un delirio endiosado, del que no se bajarán por propia voluntad porque el ansia los devora. Y las leyes ya lo son, ya pasa, serán las armas visibles de este oscuro periodo. El miedo se habrá instalado en las relaciones y cada presencia será una amenaza cercana. Está empezando. Solo hay que salir a la calle y hacer un ejercicio de sentido común para ver qué pasa. Tan solo un abrazo. Os invito, es terrible.

JARA 2020


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