FILOSOFÍA, OLVIDO Y DESBORDE


 María Zabrano cuenta en Delirio y destino que cuando se tuvo que exiliar, las cajas con sus libros se quedaron en el camino. Se perdieron. Lamentaba especialmente el extravío de las obras de Ortega, su admirado profesor.

Hace poco ayudé a hacer el traslado de domicilio a un amigo, gran filósofo. Y pude comprobar cuánto sudor y riesgo comportan las cajas, miles de libros, con las obras completas, por citar solo algunos, de Aristóteles, Heiddegger, Vattimo, Benjamin, Hegel, Kant… en varios idiomas. La erudición acarrea, como poco, dolor de espalda. Inmensa biblioteca, inmenso forcejeo.

El uno era un exilio, el otro era un traslado. Pérdida, en el primero, de la memoria de los maestros y las maestras; recuperación y reubicación, en el segundo, de la palabra de los maestros y las maestras.

Para cada cual su coste.

María Zambrano, se vio desolada por el vacío en la recurrencia a la cita exacta. El olvido que exige el movimiento. En el segundo caso, mi amigo el maestro filósofo, se vio arrollado por el enorme peso que acompaña acumular sabiduría. El desborde que impone la quietud del pensador.

Olvido y desborde.

Quien estudie filosofía debe llegar al desborde de las fuentes, haber pensado lo más profundo hasta el desquicio, sobrepasarse… y luego olvidar, abandonar. Solo se adquiere voz filosófica si se ha pasado por todo (dia pas on, nos recuerda la maestra), y si luego ese todo se despista o se pierde. Aunque el desapego duela, como siempre.

Cercanía y apego; luego distancia y soledad.

En la primera etapa se cita, somos voz de voces, e idolatramos y tenemos nuestros maestros o maestras fetiches; en la segunda se balbucea, como si hubiéramos sufrido una amnesia, y se empieza a construir un lenguaje propio nuevo, que irrumpe en lo cotidiano abriendo una grieta en las apariencias, y si citamos es de oídas, de lejos, como si no estuviéramos seguros de que alguien lo dijo.

Y ambos pasos son necesarios. Dos pies en el caminar de la filosofía. O mejor, momentos pendulares, los dos necesarios.

Para llegar a ser una voz que quebranta la corteza de la vigilia. Y la renueva.

Ese el poder de la filosofía: arrojar una sombra donde había una evidencia; poner claridad donde todo estaba oscuro.

Imagen de vela temblorosa, que donde hay oscuridad pone luz, certeza; y donde hay demasiada luz descubre un temblor, una distorsión, la duda.

Utiliza la pregunta, y cuando ya no se puede hablar, porque la razón se agota, recurre al delirio que proporciona el sueño, el mito o el arte. Para luego volver al interrogante.

Delirio guiado, pregunta impertinente. Y los dos en voz alta.

Habilidades de la filosofía que no vienen de la nada, que son herencia de una cultura que sabía que sin filosofía algo perdemos. Somos el resquicio de un fulgor que se puede perder si no lo cuidamos.

Comentarios

Entradas populares