DE GUERRAS Y MASCULINIDADES

Todas las guerras son masculinas. Porque todas las guerras responden al ansia de poder.

Y la masculinidad básicamente se sustenta en tres aspectos que constituyen eso que llamamos de manera general el poder: ser más, tener más y ganar siempre. Están en su génesis.

Tradicionalmente, las guerras en su totalidad eran asunto de los hombres, porque la masculinidad quedaba totalmente de su lado. Hoy también, de manera excepcional, hay mujeres que son rostro de guerra.

Pero lo normal es que la guerra tenga una efigie de hombre: indiferente, serio, como si la guerra fuera algo necesario y meditado.

Basta mirar las noticias y ver las figuras de quienes dirigen las guerras, tanto los supuestamente "buenos", como los supuestamente "malos". Salvo contadas excepciones, son hombres. Entrando y saliendo de despachos que se cierran, seguros de saber lo que hacen sin contar con nadie.

Decidiendo con total firmeza sobre la vida de todas las personas. Como si pensaran de verdad.

Pero las guerras no obedecen a ninguna meditación, ni mucho menos a una seria reflexión, sino a algo desmesurado: el endiosamiento de la masculinidad proyectada en la sociedad mediante su militarización y su postración a la violencia: desde lo micro del día a día, a lo macro de la guerra televisada.

Algo totalmente irracional, y por supuesto, desprovisto de empatía y compasión.

No hay masculinidad sin violencia, porque no puede darse superioridad sino se ejerce la coacción, sino se infringe el suficiente daño para que haya miedo y escisión.

Y porque para acumular riquezas y endiosarse hacen falta víctimas. Y en todas las guerras, y en todas las violencias de todas clases, lo que se ha violentado ha sido lo femenino (ya fuera en el cuerpo de las mujeres, o en el cuerpo de hombres que desertaban de lo masculino y se adscribían a valores femeninos; o en aquellos hombres que todavía son femeninos en su actitud vital: los niños).

Por el contrario, las masculinidades -viejas, modernas o nuevas- son por definición aquello que entraña una plusvaloración sobre lo femenino. Aunque se revistan de posiciones "más blandas", no dejan nunca de refrendarse, porque sino, estas masculinidades, tampoco serían nada.

Y, hoy, en la posmodernidad, donde los cuerpos se desterritorializan de los roles de género, esa(s) masculinidad(es) la puede entrañar un hombre, que históricamente ya lo venía haciendo, pero también una mujer.

Añadamos que, con la pertinencia de estar en tiempo de guerras declaradas y ahora cercanas, sabemos que no habrá paz, nunca, mientras sigamos pensando que la masculinidad es la parte necesaria del género para regir lo público y lo productivo. La historia lo prueba.

Y que solo lo femenino, el feminismo y la detracción de la masculinidad en todos los ámbitos, construirán la paz; y entonces, cuando lo femenino sea el criterio para la constitución de los cuerpos y las relaciones (sean como sean estos cuerpos), habrá igualdad real y de facto.

Mientras eso no suceda, la guerra no será casual sino necesaria e inevitable, porque lo masculino hallará el refuerzo que lo sostiene, y con ello el maldito endiosamiento del poder y sus armas: la irreversible sangre derramada que tanto nos duele.


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