El ansia de normalidad

Estamos empeñados en salir de esto cuanto antes. Claro que sí. Es insoportable estar confinado, vigilado, parado. Más que nunca, cuando esto termine, saldremos a la calle con ganas, nos abrazaremos como nunca lo habíamos hecho, festejaremos, y todo será alegría y paz allá donde vayamos, y, por fin, de una vez, “recuperaremos la normalidad”. Pero esa expresión me inquieta. Porque me pregunto qué normalidad es la que recuperaremos: ¿la normalidad de los trabajos precarios, la normalidad de una miseria de sueldos para los y las trabajadoras, sobre todo las trabajadoras y las personas migrantes, la normalidad de la esclavitud que vive un sector de la población también de aquí y de fuera, la normalidad de la industria armamentística, la normalidad de la violencia de género, el acoso y otras violencias menos visibles, la normalidad de la España, mucho para los turistas pero muy poco para los rurales, la normalidad de las guerras más allá de nuestras narices, donde no las veamos ni sintamos pero que siguen ahí con sus pingües beneficios a nuestros países "civilizados", la normalidad del maltrato como hábito en las familias, la normalidad de la sanidad, y nuestra salud, basada en el medido cálculo del beneficio privado, la normalidad de la educación con fines electorales, de las y los jóvenes que se autoexilian para buscar mejores horizontes, la normalidad de la corrupción política, de la indiferencia ciudadana, la normalidad del machismo y su queja permanente, la normalidad del fútbol droga, del cine droga, de las farmadrogas, de las series droga; la normalidad de las comidas basura, de los mares basura, de las ciudades y barrios basura, de los ríos y campos basura, y de la telebasura (otra vez); la normalidad de la marginación de las artes, la normalidad de la exclusividad de la riqueza, de la burbuja inmobiliaria, de la manga ancha a los bancos, de los linajes rancios con cuentas más allá de nuestras leyes, de la infancia abandonada a su suerte, de la ancianidad como carne de residencia, la normalidad del sinhogarismo, de las fronteras con muros, del racismo y sus parientes, de los incendios en verano y en primavera y en todas partes,... la normalidad de lo que no es, para nada, normal? No sé. Quizá lo peor de todo esto sea pensar que esa normalidad a la que pretendemos volver sea mejor que cualquier coronavirus que se presente, sin pensar tan siquiera un momento cuánto de culpa tiene la querida y ansiada normalidad para que ahora estemos como estemos. 

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