El coronavirus, ¿asesino de mayores?
A ver. Está claro que el coronavirus no mata, es una
enfermedad, no un asesino. Lo que mata es un sistema diseñado para que se
salven los sectores ricos y privilegiados (aunque
nunca se dan cuenta); y a veces nos andamos con demasiados eufemismos para
definir un modelo económico que es criminal. Esta etapa ha evidenciado que la
muerte ha primado, y sigue, en Residencias para personas mayores con apoyo
mínimo por parte del estado, externalizadas, con modelos privatizadores de
provisión de servicios sin ningún rigor más que el de guardar y conservar con
vida a esos cuerpos ancianos. Porque a ojos del sistema son solo cuerpos en
este sentido: que coman, beban, hagan sus necesidades, estén limpios y alegres
como niñas y niños (que no lo son en absoluto); pero eso sí, con criterios de
cálculo de la mínima inversión por un lado y máxima acumulación de beneficios a
costa de las y los que se piensa son ya excrecencia. ¿Economía nazi? ¿Porque
quién dijo que no hay guetos en nuestra sociedad supuestamente justa y desarrollada?
Y es que el coronavirus ha destapado eso. Ha sido un
detonante, y algo que tenía que suceder porque la naturaleza tiene estas cosas:
los virus forman parte de la vida, como las bacterias, y las enfermedades… y
otras muchas maneras de restablecer el equilibrio que tiene nuestra tierra viva
y de la cual, aunque nos neguemos a verlo, somos una ínfima pieza (“la tierra nos
puede tragar cuando quiera”, decía Galeano). Lo que no forma parte de la vida y
su ecología es un sistema económico basado en la consideración de las personas
como objetos desechables, como artilugios de usar y tirar. Y eso es lo que está
matando, eso es lo que ha puesto en evidencia el coronavirus que de maldito no
tiene nada, ni tampoco de bendito, en todo caso asumamos su sentido:
coronavirus despertador, coronavirus conciencia.
Despertar para ver que la pesadilla no estaba en el sueño
sino en la realidad. Y la realidad es que en las residencias dependientes de la
administración pública se condena a las personas mayores al desaprecio (lo que
quiere decir “sin valor” social), ya no porque se les pegue o se les insulte o
se les denigre o se les abandone, sino porque se les infantiliza, se les
condena al aislamiento y a la soledad, soledad compartida entre muchas personas que no
comprenden el sentido de una vida entregada, para que luego te releguen; lo
cual es una violencia mucho más sutil pero tan denigrante y vejatoria como
cualquier otra. Es verdad que eso no pasa en todas las residencias. Hace poco tuve la ocasión de ver la ejemplaridad de residencias
privadísimas y privativas, donde salen adelante con una sonrisa y con
porcentajes mínimos de infectados. Con muchos recursos, y sin apenas tiempo para
pensar. Lo que sé es que en alguna de esas deslumbrantes residencias el
coste está cerca de los 2000 euros al mes. Las sonrisas de las y los ancianas
se pagan muy caras. Pero ojo, tampoco se libran de ser guetos de la ancianidad
desechable, sólo que son más bonitos y la muerte llega con cintas de colores,
mejor ataviada y con más retraso.
Alguien puede pensar que esta forma de exponer las cosas
es cruel e injusta, pero no menos que la manera de morir que han tenido estos
días las personas afectadas en las residencias dependientes de la
administración pública. Y creo que aquí hay que romper una lanza respecto a las
trabajadoras y los trabajadores de las residencias que ponen todo su empeño en
cubrir el hueco que ese abandono ha dejado en las vidas de las personas
mayores. En esto hay que ser implacable: la profesionalidad de las y
los trabajadores no debe ser puesta en duda, y lo que salva esta situación es
la ética compasiva que muchas de estas personas muestran más allá de su
profesionalidad, y que construyen un vínculo con ellas como si fueran parte de
su propia vida. El problema es que esa relación se extiende hasta donde pueden y el sistema les deja; porque a veces la manera en la que se gestiona la vida
en las residencias con sus dictámenes administrativos impide, e incluso penaliza,
el ejercicio necesario y urgente de la conmiseración, de la empatía: de la
compasión bien entendida. Y no hablo de lástima, que eso sí que le encanta al
modelo, la penita, que tan bien se aviene con el paternalismo.
Y tengo un ejemplo de antes del coronavirus: no diré
nombres. Había una vez un espacio residencial de personas mayores gestionado
por una conocida empresa privada, pero en un terreno de propiedad pública, que
luego, una vez explotado adecuadamente, la privada, multinacional del amparo de
la vejez, y a saber con qué pelotazo por medio, se declara en quiebra y deja
abandonado y a la suerte de otro juego de postores para cuanto toque. Un
espacio con tres módulos para los tres niveles de dependencia, y sus
respectivas equipaciones, de 1000 metros cuadrados, en un sitio inmejorable,
llevado a la ruina y al asalto de la nocturnidad. Y ahí estaba como un mausoleo
de la ayuda social. Y a un grupo de gente se le ocurre que en un espacio
así dejado a su suerte, se puede gestar un modelo de residencia comunitario e
intergeneracional, una especie de co-housing,
pero mucho mejor, porque no implica inversiones millonarias para ponerlo en
marcha, y que además diera trabajo en forma cooperativa a gente preparada, pero
con otra visión de la profesionalidad. Y no sólo eso: lo mejor era la perspectiva;
asumir un modelo de envejecimiento, no activo, sino totalmente funcional, donde
todavía hay mucho que aportar y en consonancia con mayores, adultos, jóvenes y
niñez; yendo más allá de la familia nuclear y endogámica que nos ha legado el
sistema, como si esa fuera la única manera de pensarnos como comunidad afectiva
de cuidados y creación social. Había espacio, voluntad, tiempo y realismo (se
propuso un proyecto gradual de recuperación de ese espacio abandonado). Y todo
por escrito y bien presentado, con la ingenua creencia de que la gobernanza
municipal se alegraría. Qué ilusos. Bueno, ¿pues quieren saber cuál fue la
respuesta administrativa? Un técnico económico enfadado y abroncándonos a su
manera en la sala de reuniones del Ayuntamiento. No hace falta que explique
mucho la respuesta: “concurran cuando salga a concurso”. Y ahí termina el
cuento.
Supongo que a día de hoy la abandonada residencia del
cuento seguirá ahí a la espera de una buena cotización en la bolsa de los
bienes de inversión en la que se ha convertido la esfera de lo social para este
modelo vampírico de economía y política. Pero hoy cuando el coronavirus ha
hecho saltar por los aires todas las deficiencias y las ocultaciones del modelo
(y me da igual el traje ideológico que se le ponga), nos hallamos en la
necesidad ética de volver a reivindicar de todas las maneras posibles que
envejecer no es una ruta de degradación, sino un proceso más de enriquecimiento
de la vida comunitaria. Y que eso no pasa por el concepto de las residencias,
ni las caras ni las humillantes. Sino por un nuevo modelo de vida donde las
arrugas sean sinónimo de aportes de vida imprescindibles para construir el
conocimiento del día a día. Y sin eso estamos perdidos. La pregunta que se me
ocurre: ¿esperaremos a que nos den permiso desde el cielo para hacer reales
esas comunidades, o eso llegará con la próxima pandemia? O quizá, cuando todo
esto pase el mundo habrá mejorado y las parrafadas que he escrito seguramente sobren. En
fin, me iré a dormir, que ya queda menos.

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